Fotos de Egipto - Sunt Viajes Egipto

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Fotos de Egipto - Sunt Viajes Egipto

Alejandría – Asuán & Abu Simbel – El Cairo – El-Gouna (Mar Rojo) – Luxor

 

ALEJANDRÍA

 

En primer lugar [destaca] el hermoso sitio de la ciudad y la vasta extensión de sus construcciones, hasta tal punto que nosotros no hemos visto una ciudad de tan amplias vías, ni de más altos edificios, ni más excelente, ni de mayores multitudes que ésta. También sus mercados están extremadamente animados.
(…) Vimos también en ella, con nuestros propios ojos, columnas y planchas de marmol en número, altura, amplitud y belleza que no se puede concebir con la imaginación (…). Se nos dijo que en el antiguo tiempo sostenían edificios particulares para los filósofos y los maestros en esa época, pero Dios lo sabe mejor.

“A través del Oriente. El siglo XII ante los ojos. Rihla”
Ibn Yubayr (Valencia 1145 – Alejandría 1217)

 

 

 

 

Alejandría, la “perla del Mediterráneo”, ha sido uno de los escenarios más importantes de la historia egipcia desde su fundación en los años 332/331 a.C. por Alejandro Magno. Tras la muerte del rey macedonio, los ptolomeos hicieron de esta ciudad el centro espiritual y cultural de todo el mundo helenístico. Varios sabios destacados vivieron y trabajaron en su Museion. La gran biblioteca reunía todo el saber de la antigüedad clásica en cientos de miles de rollos de papiros, y el faro de la isla de Pharos, una de las siete maravillas del mundo, mostraba a los navíos de guerra y comerciales el camino seguro hasta el puerto.

El florecimiento de Alejandría concluyó con el suicidio de Cleopatra VII en el año 30 a.C. Los siglos de ocupación romana que siguieron se caracterizaron por numerosos conflictos sangrientos que provocaron la lenta pero inexorable decadencia de la ciudad. El emperador Trajano (98 – 117 d.C.) expulsó a los mercaderes judíos, y Caracalla (211 – 217 d.C.) se vengó de la mordacidad de los alejandrinos con un baño de sangre entre los jóvenes. El cristianismo, que llegó bastante pronto a Alejandría, padeció violentas persecuciones durante los siglos III y IV. La importancia de la poderosa ciudad siguió mermando después de la implantación del islam en el año 642.

“Arte y Arquitectura. Egipto”
Matthias Seidel & Regine Schulz

 

 

ASUÁN & ABU SIMBEL

 

Los alrededores de la gran urbe moderna de Asuán, la Syene Griega, albergan una ingente cantidad de monumentos arqueológicos que atestiguan la importancia del lugar a lo largo de la historia. A comienzos del Imperio Antiguo se estableció allí, no muy lejos de los rápidos de la primera catarata, la frontera meridional del país y surgió así el primer nomo del Alto Egipto, Tasetj. La isla Elefantina (egipcio, Abu, fortaleza de elefantes), sede de la administración hasta la época ptolemaica, albergaba el núcleo urbano y diversos santuarios.

Por su favorable situación estratégica, Asuán se convirtió en punto de partida de expediciones militares al territorio nubio. Una parte importante del comercio con el sur se efectuaba también a través de Elefantina. Además de los bienes de importación, Asuán tenía productos naturales muy apreciados, como el granito rojo y las piedras duras que se extraían de las extensas canteras de la zona. Frente a Elefantina, en las montañas de Qubbet El-Hawa (orilla occidental) se encuentran las grandes tumbas rupestres de los nomarcas y los funcionarios de los Imperios Antiguo y Medio. Otros lugares de interés son los templos de Kalabsha y de la isla de Filae (Philae).

“Arte y Arquitectura. Egipto”
Matthias Seidel & Regine Schulz

 

 

 

 

La región del sur de Egipto y el norte del actual Sudán era conocida por los egipcios como Nebu, “el país del oro”. Allí se hallaban los filones auríferos más codiciados por los faraones.

Los antiguos egipcios conocían diversos metales preciosos, como la plata y el electro. Pero el más apreciado de todos era, sin duda, el oro, y ello tanto por sus características físicas -el brillo y la inalterabilidad- como por las connotaciones religiosas de este metal, en el que veían el resplandor del dios Ra. De hecho, en el antiguo Egipto se consideraba que el oro era “la carne de los dioses”, mientras que sus huesos eran de plata y sus cabellos, de lapislázuli. Se desarrolló así una tradición de orfebrería cada vez más refinada, que exigía un constante abastecimiento de metal.

En una primera fase, los egipcios explotaron minas de oro relativamente próximas, al sur de Coptos y en Kom Ombo, no lejos de la primera catarata del Nilo. Allí se practicaba una minería a cielo abierto, en las laderas de las montañas o en los wadis (cauces de ríos secos), donde se extraía oro de aluvión, el llamado nebu-en-mu. También se importaba oro de Asia. Pero la expansión hacia el sur que se llevó a cabo durante el Imperio Nuevo puso a disposición de los faraones dos nuevas zonas de extracción: el desierto suroriental de Egipto, sobre todo en el Wadi Hammamat, no lejos de la costa del mar Rojo, por un lado; y Kush, la Alta Nubia, la región situada entre la segunda y la cuarta catarata del Nilo.

En Nubia se construyeron minas subterráneas y el oro se extraía de vetas de cuarzo, donde aparecía mezclado con pizarra y granito. Como estas minas eran un monopolio real, todo el producto que se extraía de ellas era acaparado por la hacienda del Estado. Una estela cuenta cómo Ramsés II en persona encabezó una expedición por el desierto oriental en busca de minas de oro: “Su majestad inspeccionó el desierto hasta llegar a las montañas. Su corazón desea ver las minas que abastecen de oro”.

Historia National Geographic

 

 

EL CAIRO

 

El Cairo, metrópolis del mundo, jardín del universo, lugar de acercamiento de las distintas naciones, hormiguero humano, ilustre morada del Islam, residencia del poder. Son numerosos los palacios sin nombre que se levantan aquí; por todas partes florecen escuelas y conventos. Los sabios brillan como astros refulgentes. La ciudad se extiende sobre las orillas del Nilo, río paradisíaco y receptáculo de las aguas del cielo, cuyas corrientes apagan la sed de los hombres, procurándoles abundancia y riqueza. Yo he atravesado sus calles. Las muchedumbres se agolpan y los mercados revientan repletos de todo tipo de mercancías.

Ibn Jaldún (Túnez 1332 – El Cairo 1406)

 

 

 

La calma era extraordinaria. Ante mí se extendía la ciudad de El Cairo. Una niebla espesa y pesada parecía haber caído sobre ella, cubriendo las casas por encima de sus techos. De esta mar profunda emergían trescientos minaretes como si fueran los mástiles de alguna flota ida a pique. A lo lejos, hacia el sur, uno podía percibir los palmerales, que hundían sus raíces en los muros desplomados de Menfis. Al oeste, recubiertas por el oro y los rayos de fuego del sol, se levantaban las pirámides. El espectáculo resultaba grandioso y me absorbía con una violencia casi dolorosa… El sueño de toda mi vida estaba tomando forma por fin. Casi al alcance de mi mano se abría un mundo repleto de tumbas, de estelas, de inscripciones, de estatuas.

Auguste Mariette (Boulogne-sur-Mer 1821 – El Cairo 1881)

 

 

EL-GOUNA (MAR ROJO)

 

El mar Rojo es un paraíso para los submarinistas: ofrece desde montañas de coral que arrancan del mismo fondo marino hasta arrecifes poco profundos, poblados por multitud de peces; desde abruptos descensos que alcanzan profundidades abismales hasta pecios con incrustaciones de coral. En 1989, un grupo de científicos y conservacionistas definió la zona norte de esta región de 1.800 km de longitud como una de las Siete Maravillas del Mundo Submarino.

Lonely Planet

 

 

 

LUXOR

 

Sólo los lauros de Tebas parecen revivir; sólo ella existe plenamente en la caterva de obeliscos, puertas triunfales, pilonos titánicos, plazoletas mugrientas, templos que desafían, con su propia grandiosidad, la grandeza inexcusable de los dioses poderosos… Ahora sé que puedo detener el tiempo, Tebas renace, se va haciendo próxima, segura (…)

“Terenci del Nilo. Viaje sentimental a Egipto”
Terenci Moix (Barcelona 1942 – 2003)

 

 

 

 

Howard Carter

El 4 de Noviembre de 1922, cuando el equipo del excavador inglés Howard Carter se topó con una escalera tallada en el suelo rocoso del Valle de los Reyes, el investigador no podía imaginar que se encontraba ante uno de los mayores descubrimientos de la historia de la arqueología.

Carter estudiaba desde hacía cinco años los milenarios escombros del valle por encargo de su benefactor, lord Carnavon, y no había obtenido aún resultado alguno. El arqueólogo basaba su inquebrantable convicción de la existencia de la tumba de este monarca prácticamente desconocido hasta entonces en un hallazgo realizado en 1907 por el hombre de negocios americano Theodore M. Davis, quien ostentaba la concesión de excavación por aquel entonces. En una pequeña cámara subterránea habían aparecido vasijas, restos de tejidos, un collar con motivos florales, un sello con el nombre de Tutankamón y otros objetos. A pesar de que en un primer momento no se pudo esclarecer el auténtico significado de estas piezas tan variadas, constituían un claro indicio de que la persona de Tutankamón estaba vinculada al Valle de los Reyes. Sin embargo, la idea de una tumba real prácticamente intacta, la única que habría sobrevivido al paso del tiempo, todavía quedaba lejos.

A finales de 1922, Carter centró sus investigaciones en un área reducida muy próxima a la entrada de la tumba de Ramsés VI. Pretendía demostrar que los escombros derivados de los trabajos de excavación de dicha tumba habían sepultado por completo la zona de entrada de la sepultura de Tutankamón y la habían sustraído así a la mirada de los posibles saqueadores de tumbas de las postrimerías del Imperio Nuevo. La tarde del descubrimiento, después de que las escaleras hubieran sido despejadas, Carter pudo echar un vistazo a los sellos de la entrada tapiada de la sepultura, pero no pudo leer ningún nombre. Haciendo gala de una gran fuerza de voluntad, mandó interrumpir los trabajos y envió un telegrama a lord Carnavon, que se hallaba en Inglaterra: “Por fin he hecho un magnífico descubrimiento. Una tumba con sellos intactos. Tapada de nuevo hasta su llegada. ¡Enhorabuena!”. El aristócrata tardó apenas dos semanas en hacer acto de presencia en Luxor, y a los pocos días los dos ingleses descubrían al final del corredor de acceso, despejado de nuevo, otro pasadizo tapiado. La tensión aleteaba en el ambiente cuando Carter practicó un pequeño agujero en el muro, iluminó el interior y permaneció en silencio. Carnavon, a sus espaldas, le preguntó: “¿Puede ver algo?” La respuesta fue sucinta y trascendental: “Sí, cosas maravillosas.”

En los años siguientes el mundo científico no salía de su asombro. De la tumba se extrajeron objetos nunca vistos: todo el esplendor de un ajuar real del Imperio Nuevo amontonado en tan sólo cuatro cámaras. La recuperación del vasto tesoro funerario planteaba un serio problema para Carter. Por fortuna, contó con el apoyo de la expedición del Museo Metropolitano de Nueva York, que también estaba trabajando en Tebas Oeste. Entre ellos se contaba el fotógrafo Harry Burton, quien documentó de forma impecable el curso de las excavaciones.

Tras la muerte de Carnavon en 1923 a causa de una infección, toda la responsabilidad de la empresa recayó sobre Carter. Transcurrieron diez años antes de que todos los objetos se depositaran en el Museo Egipcio de El Cairo, después de ser sometidos a unas medidas provisionales de conservación sobre el terreno. El tiempo transcurrido no sólo se debió al ingente trabajo, sino también a las constantes fricciones entre Carter, la prensa y la administración egipcia. Los trabajos llegaron a ser suspendidos en varias ocasiones. A pesar de que la licencia daba derecho a Carnavon a repartir los hallazgos, se decidió conservar en Egipto todo el tesoro funerario de Tutankamón. La heredera del lord, su hija Evelyn, fue resarcida económicamente de la enorme inversión realizada por su padre.

“Arte y Arquitectura. Egipto”
Matthias Seidel & Regine Schulz

 

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Edfu

Si lo que se quiere es conocer la auténtica religiosidad del Antiguo Egipto he aquí el templo ideal. Edfu tiene la ventaja de estar bien conservado y de la perfección de su clasicismo. No fue tallado en la roca como Abu Simbel; no muestra la desordenada estructura de Filas; no cuenta con la desmesura de Karnak. Sus constructores aplicaron escrupulosamente los cánones del templo egipcio. No se le puede reprochar nada salvo quizá su factura tardía: los Ptolomeos, como es sabido, gustaban de líneas más pesadas que los faraones…

A medio camino entre Luxor y Asuán, en la orilla izquierda del río Nilo, este templo se comenzó en el año 237 a.C., bajo el reinado de Ptolomeo III Evérgetes. No se acabó hasta ciento ochenta años más tarde por Ptolomeo XII Neodioniso, quien no dejó pasar la ocasión de poner su sello en los dos pilonos de la entrada, donde mandó grabar una de esas escenas clásicas en las que puede verse al amo de Egipto derrotando a los ejércitos enemigos.

Con su puerta monumental y su recinto amurallado, el templo de Edfu (de ciento treinta y siete metros de longitud y setenta y nueve de ancho) tiene aspecto de fortaleza: ¿no era preciso acaso garantizar la sacralidad del culto y defenderse de las impurezas del mundo exterior? Nos encontramos aquí en los dominios del dios Horus de Behedet, generalmente representado como un disco solar con alas de halcón. El buen funcionamiento del cosmos dependía del culto que se le rendía, a razón de tres servicios diarios, sin contar los paseos en barco sagrado y otras celebraciones.

Para ser del todo completo, el templo de Edfu tendría que haber contado con una avenida de esfinges y un par de obeliscos ante la entrada. Le falta también el lago sagrado, que fue dejando lugar, a lo largo de los siglos, a otras estancias. Pero no nos mostremos demasiado exigentes y démosle las gracias a esa arena que recubrió gran parte del templo hasta aproximadamente 1860: de ese modo quedó preservado de las agresiones de la naturaleza y, sobre todo, de los hombres.

Un templo egipcio no tiene nada que ver con una iglesia, una mezquita o una sinagoga. No era un lugar en donde los fieles fueran a reunirse para orar o para asistir a una ceremonia religiosa. El sacerdote egipcio no era, por otra parte, el depositario de ninguna verdad revelada, sino más bien una especie de funcionario delegado por el soberano para realizar en su lugar los ritos necesarios para el buen desarrollo del universo. Para acceder al santuario tenía que purificarse dos veces al día rociándose de agua y lavándose la boca después de haberse afeitado el cuerpo entero, incluidas las cejas.

Vigilado por dos halcones de granito, el templo de Edfu no estaba desde luego abierto a los fieles. La muchedumbre permanecía en el exterior, meditando sobre las hazañas militares de su señor y admirando las banderolas que se agitaban al viento. No conocían ni siquiera los catorce niveles con estancias que contenían los pilonos. Todo lo más que se les permitía ver era el interior del edificio cuando su pórtico estaba abierto. Por otro lado, y al igual que el resto de los templos importantes, Edfu era una verdadera hacienda que daba trabajo a varios miles de personas.

La primera sala hipóstila está junto a una pequeña cámara, llamada “la casa de la mañana”: los sacerdotes iban allí a purificarse antes de acceder al santuario. La segunda conduce a una especie de laboratorio cuyas paredes portan inscritos innumerables jeroglíficos: se trata de las fórmulas de todos los perfumes ceremoniales que eran utilizados.

A medida que se avanza por el interior del templo los techos se van haciendo más bajos y las salas van estrechándose y oscureciéndose. Pero henos ya en la sala de las ofrendas, en donde las bandejas repletas de vituallas van llegando, en procesión, para calmar el apetito divino. Sólo queda por visitar el santuario, el sancta santorum, ocupado por la naos, un imponente bloque de granito grisáceo de cuatro metros de altura. La estatua de Horus se encontraba ahí. El dios se encarnaba en esta escultura recubierta de oro y piedras preciosas. Solamente el soberano o el gran sacerdote tenían acceso a esta sala, mañana, mediodía y tarde, a fin de renovar las ofrendas, de lavar, vestir y engalanar a esta divina figura de piedra.

Con regularidad se sacaba a Horus en procesión por el lago sagrado. Una vez al año, en primavera, él navegaba por el Nilo al encuentro de Hathor, diosa del amor y del placer, que venía del templo de Dendera. Horus invitaba a Hathor a pasar la noche en Edfu. Ésta era su unión anual. Tras algunas visitas a los santuarios, la diosa regresaba a su espléndido templo de trece criptas, situado a ciento cincuenta kilómetros más al norte. Y la vida volvía a comenzar.

Diccionario del Amante de Egipto” (2001). Robert Solé

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